domingo, 4 de noviembre de 2012

Un cuento de amor que escribí para mi clase de español.


Les comparto éste cuento que hice para una clase de español cuando iba en 2° grado. Espero sus comentarios.

Un primer amor a los 29 años.

Nunca fui muy fanático de las damas bellas, no era ese tipo de muchacho seductor que todas las mañanas se ponía en la esquinita de la cuadra, fumando un cigarrillo,  para ver mujeres rubias y arregladas y se disponía a lanzarles piropos y tratar de enamorarlas para terminar (la mayoría de las veces) con una buena bofetada y algunos insultos. No era como mi amigo Jorge. Mi nombre es Miguel Ángel. Miguel Ángel Buenaventura.
Todas las mañanas veía que Jorge seguía la rutina, sólo me burlaba y le decía “Buenos días, galán”. Me respondía con una sonrisa pícara y seguía al acecho.
Recuerdo que un día martes; pasé por un café de la ciudad de México, me detuve por un momento a ver los adornos navideños del negocio y continúe mi recorrido matinal. Antes de pasar por la puerta del local vi que ésta se abría y salía  una mujer hermosa: cabellos castaños, una piel tan clara como la nieve, los ojos más verdes que jamás había visto, unos labios tan voluptuosos como las cerezas y cuyo color rosa lo disimulaba un labial rojo intenso, llevaba una gabardina café y zapatillas rojas con calcetines. Nunca había visto a esa mujer tan bella y fina. La seguí disimuladamente por un rato y vi que entraba a uno de los edificios más caros de la ciudad, en los que sólo a los empresarios y magnates se podía ver entrar en ellos. Desde ese día empecé a frecuentar la zona.
Un día, mientras iba a comprar unas barras de chocolate para que mi vecina, del apartamento 12 de la sección B hiciera  la dulce bebida para toda la unidad; la vi pasar de nuevo. No había pasado por su rumbo durante unos escasos 3 días. Aunque, pensándolo bien… fue bastante. Decidí armarme de valor y preguntarle su nombre, decirle lo que había pensado desde que la vi, decirle lo bella que es, todo todo se lo dije. Fue tan amable, me dijo su nombre, su tan hermoso nombre: Charlotte. Oh Charlotte. Le pregunte si deseaba salir en algún momento, me dijo que sí; le facilité mi dirección y charlamos un rato cerca de alguna estación del metro que desconocía, nos despedimos de beso y ella se fue con una sonrisa de oreja a oreja. Me sentí tan grande, no sólo porque había conseguido una cita con una mujer tan bella, sino también porque era la primera. Olvide las barras del dulce y recibí un buen regaño de la doña del 12.
El día que salimos fue algo tarde, cerca de las 6 P.M. pero me agradó bastante la manera de comportarse y su interés por comunicarse con alguien.
Me contó cosas, cosas que no imaginé pero que tampoco le reproché: ella era viuda. Viuda a sus ¿cuánto le pondría? ¿27 años? Sí, le atiné. Sus padres la había casado con un hombre bastante rico y mayor. Murió en un accidente de avioneta y heredó su fortuna y pertenencias. Platicamos bastante hasta que dieron las 11 P.M., en todo ese tiempo, no negaré que hubo ocasiones en las que no le hice mucho caso, pues sus encantadores ojos y su sonrisa tan hábil me entretuvieron de vez en cuando. Me sorprendí bastante cuando me preguntó si podía pasar la noche en mi casa. La verdad, no es que me incomodara, pero no creí que mi pequeño apartamento fuera algo suficiente para tan fina y bella mujer. Qué chulada, por Dios. Le dije que podía y al entrar a mi cueva, le abrí la puerta (con una caballerosidad que nunca había estado en mí) y le dije que se pusiera cómoda. De pronto y sin avisar, me plantó un beso en los labios y decidimos pasar la fría noche abrazados viendo un programa de T.V. en inglés que ninguno de los dos entendía. Después de ver y reírnos por un buen tiempo, me empezó a besar y yo acepté sus besos. Dormí en el sillón.
A la mañana siguiente, me hizo el desayuno: huevos y café. Me dijo que no sabía cocinar, pero al parecer fue mucha modestia, estuvo riquísimo. Platicamos por mucho tiempo y le dije que podía volver cuando quisiera, nos despedimos con un beso y se fue.
Nunca la volví a ver, pero aunque fue un amor pasajero: sé que fue el primero y el último más curioso que pude tener yo, el Miguel Ángel más soñador que haya existido.
FIN.

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